Cuando llegas a Flandes de Erasmus, una de las primeras cosas que notas es que todo parece ir un poco más despacio. No porque la gente tenga menos cosas que hacer, sino porque la forma de vivir es diferente. Aquí nadie parece tener tanta prisa por llegar al siguiente sitio, terminar el día o llenar cada minuto con algo.
Al principio puede chocar. Vienes de una rutina donde siempre hay planes, sitios a los que ir y cosas pendientes, y de repente te encuentras caminando sin rumbo por una ciudad que parece sacada de una postal.
Y es precisamente ahí donde empieza la magia.
Caminar sin tener que llegar a ningún sitio
Una de las cosas que más he aprendido durante mi Erasmus es a disfrutar de esos momentos que antes parecían “perdidos”. Dar un paseo después de clase, cruzar un puente en Gante, sentarte junto a un canal o entrar en una calle pequeña solo porque te ha llamado la atención.
En las ciudades flamencas, caminar no es solo una forma de moverse. Es una forma de conocer el lugar.
Con el tiempo dejas de mirar la ciudad como un turista. Ya no haces fotos de cada edificio bonito porque empiezas a reconocerlos como parte de tu día a día. Esa cafetería donde siempre acabas después de clase, esa plaza donde quedas con tus amigos o esa calle por la que pasas siempre de camino a casa.
Mirar el arte con otros ojos
Quizá esta forma más tranquila de vivir también cambia la manera en la que entiendes el arte.
Flandes es un lugar donde el arte está en todas partes. No solo en los museos, sino también en la arquitectura, en las casas antiguas, en la luz de los canales al final de la tarde o en esos pequeños detalles que normalmente pasarían desapercibidos.
Los artistas flamencos eran conocidos por fijarse en lo cotidiano: una escena en casa, una persona leyendo, un momento aparentemente normal. Y después de vivir aquí, entiendes un poco más esa forma de mirar.
Porque cuando aprendes a ir más despacio, empiezas a ver cosas que antes no veías.
La belleza de los planes sencillos
Muchas veces pensamos que un Erasmus se basa en grandes viajes, fiestas y experiencias increíbles. Y sí, todo eso forma parte de la aventura. Pero también están esos momentos pequeños que al final son los que más recuerdas.
Una cena improvisada con amigos, una tarde sin planes, una conversación que se alarga horas o un paseo por la ciudad cuando ya empieza a anochecer.
Son momentos que no estaban en ningún itinerario, pero que acaban siendo los más importantes.
Flandes te enseña a parar
Quizá una de las mejores cosas que me llevo de vivir aquí es haber aprendido que no todo tiene que pasar rápido.
Que a veces está bien caminar más despacio, observar más y disfrutar de lo que tienes delante.
Las ciudades flamencas tienen esa capacidad de recordarte que la vida no siempre está en el siguiente plan, el siguiente viaje o el siguiente objetivo. A veces está simplemente en sentarte en una plaza, mirar alrededor y darte cuenta de que estás viviendo algo que vas a recordar durante mucho tiempo.
Cuando vuelva a casa, probablemente recuerde los grandes viajes y las escapadas de fin de semana, pero también esos paseos sin rumbo, las tardes junto a un canal o los cafés en los que el tiempo parecía pasar más despacio. Al final, son esos momentos los que terminan definiendo la experiencia Erasmus y hacen que Flandes deje una huella difícil de olvidar.
Hasta la próxima!
Elena