Cuando decides irte de Erasmus, sabes que tu rutina va a cambiar por completo, pero hasta que no estás allí no eres realmente consciente de todo lo que implica. Hoy quiero contaros cómo es mi día a día en Bruselas, dónde vivo, cómo es la universidad, los horarios tan distintos a los españoles y cómo poco a poco he ido adaptándome a una ciudad tan multicultural como sorprendente.
Actualmente vivo en una casa grande de tres plantas en la que tengo alquilada una habitación. Compartimos vivienda un total de diez personas y la casera vive en la planta de abajo. La casa es bastante amplia y está bien organizada. Tenemos un salón común para todos y una cocina y dos baños por cada cinco personas. Lo que hecho en falta, a parte de un ascensor, es una lavadora. La lavandería no está lejos, pero es una pérdidad de tiempo, tener que estar yendo a hacer la colada.
La sensación que me da es muy parecida a la de una residencia universitaria. La mayoría de las personas que viven aquí son estudiantes, aunque también hay algunos inquilinos con profesiones muy diversas, lo que hace la experiencia todavía más interesante. Hay un par de chicas españolas con las que tengo muy buena relación y con las que comparto bastante tiempo, pero con el resto de residentes el trato es más bien mínimo. Aunque convivimos bajo el mismo techo, no tenemos demasiada vida en común, algo bastante habitual en este tipo de alojamientos internacionales.
Tengo la suerte de tener un Lidl, que es de los supermercados más económicos que puedes encontrar en Bruselas, relativamente cerca. A pesar de ello los precios son más caros que en España, sobre todo los de la carne y el pescado.
Mi Erasmus lo estoy realizando en la Universidad KU Leuven, en el campus de Bruselas. En general, suelo empezar las clases por la mañana, normalmente a las 8:30, aunque mi horario cambia cada día. Hay jornadas en las que tengo muchas horas de clase y otras en las que apenas tengo un par de asignaturas. Esta variabilidad hace que cada día sea diferente, algo que al principio descoloca, pero a lo que terminas acostumbrándote.
Uno de los aspectos que más me sorprendió nada más llegar fue el horario de las comidas. En la universidad no hay clases entre las 12:30 y la 1:30, ya que ese tiempo está reservado para la pausa de comer. Al principio pensé que adaptarme a esto iba a ser muy complicado. Para un español, comer a las 12:30 resulta casi impensable, y mi primera idea fue aguantar y comer al salir de la universidad.
Sin embargo, pronto me di cuenta de que eso no siempre era viable. Algunos días salgo de clase a las 5:30 y, entre el camino de vuelta a casa y el tiempo de preparar la comida, podía acabar comiendo prácticamente a la hora de la cena. Por eso decidí que lo mejor era adaptarme al horario belga y empezar a comer cuando tocaba… y, para mi sorpresa, me costó mucho menos de lo que esperaba.
Los días que entro a la universidad a la 1:30, como antes de salir de casa, así que como incluso más pronto. Sin darme cuenta, en apenas una semana ya estaba totalmente acostumbrada a comer a horas que en España asociaría más con el desayuno que con la comida. Es increíble lo rápido que el cuerpo y la mente se adaptan.
En cuanto a las opciones para comer, hay varias alternativas dependiendo del presupuesto. Lo más económico es llevar comida de casa en tuppers y calentarlos en los microondas que hay disponibles para los estudiantes en la universidad. También está la cantina, donde puedes tomar algo sencillo como una sopa con un panecillo por menos de tres euros. Por último, está el comedor universitario, donde por unos seis euros puedes comer un plato completo si eres estudiante. Eso sí, las comidas son bastante diferentes a lo que estamos acostumbrados en España, tanto en sabores como en combinaciones.
Otro aspecto al que me ha costado bastante adaptarme es la cantidad de asignaturas. Cuando haces un Erasmus para convalidar estudios, lo que realmente necesitas es convalidar créditos, no asignaturas como tal. En España, suelo tener cinco asignaturas por semestre, pero aquí la mayoría de las asignaturas son de tres créditos. Solo tengo una de seis créditos, así que, para llegar al número necesario, tengo que cursar muchas más.
En total, estoy haciendo nueve asignaturas una de seis créditos y ocho de tres. Aunque cada una tenga menos horas de clase, el volumen de contenido es bastante alto. De hecho, siento que muchas de estas asignaturas podrían ser perfectamente de seis créditos porque no noto que supongan la mitad de trabajo que una asignatura en España. Esto ha hecho que la carga académica sea un reto.
En cuanto al ambiente universitario, Bruselas es incluso más multicultural de lo que imaginaba. Sabía que era una ciudad muy internacional, pero no hasta qué punto. El año pasado, en Murcia, la mayoría de mis compañeros eran españoles y en clase coincidía con unas pocas personas de Erasmus. Aquí, en cambio, tengo clases en las que solo hay cuatro o cinco estudiantes belgas.
Lejos de resultar extraño, esto me parece algo muy positivo. Aunque muchos de mis compañeros no son estudiantes Erasmus, también están en un país extranjero y estudian en un idioma que no es su lengua materna. Esto crea una especie de conexión común que hace que te sientas comprendida y más cercana a los demás. Además, te permite no solo conocer la cultura belga, sino también aprender curiosidades y formas de vida de personas de muchos otros países.
Respecto a la ubicación, vivo a algo menos de media hora caminando de la universidad. Aun así, la zona está muy bien conectada por transporte público, por lo que en bus o tranvía tardo bastante menos. Y aquí llega uno de los mayores puntos positivos de la vida estudiantil en Bruselas, el transporte.
Si eres estudiante, puedes hacerte una tarjeta de transporte anual por 6 euros y por solo 12 euros al año puedes usar de manera ilimitada buses, metros y tranvías en gran parte de la ciudad. Es decir, por 18 euros tienes solucionado el transporte de todo el año. Para mí, esto ha sido un auténtico descubrimiento y me ha facilitado muchísimo moverme por Bruselas sin preocuparme del gasto.
En definitiva, mi día a día en Bruselas está lleno de cambios, aprendizajes y retos constantes. Adaptarme a nuevos horarios, a otra forma de estudiar y a convivir en un entorno tan multicultural no siempre es fácil, pero sin duda está siendo una experiencia increíble que me está aportando muchísimo tanto a nivel académico como personal.


