Antes de venir de Erasmus había oído muchas veces que Flandes era una tierra de artistas. Sabía que aquí habían nacido grandes pintores y que ciudades como Gante, Brujas o Amberes tenían una historia muy ligada al arte. Pero, sinceramente, pensaba que era algo que descubriría visitando museos.
Me equivoqué.
Creo que entendí por qué esta región ha inspirado a tantos artistas un día cualquiera, caminando de vuelta a casa después de clase.
No estaba pasando nada especial. Hacía el típico tiempo belga, con el cielo gris y un poco de frío. La luz se reflejaba en el canal, las bicicletas seguían pasando como siempre y la gente hacía su vida con total normalidad.
Y, de repente, entendí que era precisamente esa normalidad lo que hacía especial el lugar.
La luz cambia completamente la ciudad
Hay algo en la luz de Flandes que cuesta explicar hasta que la ves todos los días. Incluso cuando está nublado, los edificios de ladrillo, el agua de los canales y las fachadas antiguas tienen una forma muy particular de reflejar la claridad.
Un mismo sitio puede parecer completamente distinto dependiendo de la hora. Hay tardes en las que el sol sale unos minutos y toda la ciudad cambia de color. Otras veces llueve y los adoquines reflejan las luces como si fueran un espejo.
Entiendo perfectamente por qué tantos pintores quisieron capturar esos momentos.
Una ciudad que no parece un decorado
Lo que más me gusta de las ciudades flamencas es que no dan la sensación de estar hechas para los turistas.
La gente va al trabajo en bicicleta, los estudiantes salen de clase, los mercados montan sus puestos y, mientras tanto, todo ocurre entre edificios que llevan siglos ahí.
Esa mezcla entre la vida cotidiana y una arquitectura tan cuidada hace que caminar por cualquier calle sea diferente. No hace falta entrar en un museo para encontrarte con algo bonito.
Aprender a observar
Creo que el Erasmus también cambia la forma de mirar las cosas.
Al principio quieres verlo todo. Después empiezas a repetir los mismos caminos una y otra vez y es entonces cuando te fijas en detalles que antes pasaban desapercibidos: una ventana llena de flores, una cafetería escondida, el reflejo de una iglesia en el agua o un banco donde siempre hay alguien leyendo.
Son cosas pequeñas, pero acaban formando parte de tu rutina.
Y quizá eso sea precisamente lo que hace un artista: detenerse a observar lo que los demás pasan por alto.
Mucho más que cuadros y museos
Después de vivir unos meses en Flandes, creo que entiendo mejor por qué esta región ha dado tantos artistas.
No es solo por su historia o por sus museos. Es porque aquí resulta muy fácil aprender a mirar despacio.
Y cuando bajas el ritmo, empiezas a darte cuenta de que la belleza no siempre está en los grandes monumentos o en los lugares más famosos. A veces está simplemente en un paseo después de clase, en un canal en silencio o en esa luz que aparece durante unos minutos antes de que vuelva a llover.
También está en esas escenas cotidianas que al principio parecen normales, pero que con el tiempo se convierten en recuerdos. En las bicicletas cruzando los puentes, en las plazas llenas de estudiantes o en el sonido del agua mientras paseas sin mirar el reloj.
Quizá por eso, cuando piense en Flandes dentro de unos años, no recordaré primero un museo.
Recordaré la sensación de caminar por una ciudad que, sin hacer demasiado ruido, me enseñó a fijarme en cosas que antes nunca habría visto.
Hasta la próxima,
Elena