Breves apuntes sobre Woluwe-Saint-Lambert

Woluwe-Saint-Lambert es una de las diecinueve comunas que componen la Región de Bruselas-Capital. En el municipio viven alrededor de cincuenta mil habitantes; localizado al este de la región no es una de las zonas tradicionalmente habituales para que los universitarios se asienten. Solo los estudiantes de medicina de Lovaina, cuya facultad se ubica en el distrito, se planteaban la opción de alquilar una habitación allí. Sin embargo sus espacios verdes, lo asequible de sus alquileres y la oferta cultural y de servicios hacen que, cada vez más, sea un destino a considerar para quien está buscando sus diez metros cuadrados en la capital belga.

Se dice que Bruselas ha nacido sobre ríos y no, como la mayoría de ciudades, alrededor de ellos. El casco histórico se nutre de la socavación del Senne -nada que ver con el Sena francés-, que discurría alrededor del -hasta el siglo XIX islote- barrio de Saint-Géry. Las comunas periféricas mantienen, sin embargo, una tradición hidrográfica mucho más rica, convenientemente ajustada a inmensidades caoba y miel. En el caso de Woluwe-Saint-Lambert las extensiones alcanzan dimensiones de timelapse a vista de dron: setecientas sesenta y siete hectáreas con más de mil años de historia. El bosque de Soignes, alrededor del pequeño río Woluwe, empieza a ser explotado a partir del XI; se construye, en un prado amplio, una iglesia dedicada al obispo de Lieja, San Lamberto. A partir de ahí importantes nombres de la nobleza belga comparten los derechos señoriales sobre la tierra, lo que hace de la zona un espacio de agricultura cuya fisionomía, organizada entre molinos y campos, se mantiene hasta bien entrado el siglo XX.

La iglesia romana dedicada a San Lamberto aún se mantiene en pie, como la mayoría de molinos alrededor del río. El ayuntamiento es un ejemplo muy bien conservado de Art Decó, construido en la década de los treinta con planos de Joseph Diongre. Los castillos, las vías antiguas del tren o las capillas abandonadas en el bosque de Soignes hacen de la comuna una visita obligada, si no una alternativa económica y auténtica para entender Bruselas como un belga más.

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