Despedida de Gante: la ciudad que terminó sintiéndose hogar
Recuerdo perfectamente el día que llegué a Gante. Bajé del tren con una maleta enorme, Google Maps abierto y la sensación de que no tenía ni idea de dónde estaba. Todo era nuevo: las calles, el idioma, la universidad, la residencia… Hasta ir al supermercado parecía una aventura.
En ese momento era imposible imaginar que, unos meses después, me costaría tanto despedirme de esta ciudad.
Lo curioso del Erasmus es que no te das cuenta de cuándo un lugar empieza a sentirse como casa. No pasa de un día para otro. Simplemente ocurre.
Un día ya sabes cuál es el tranvía que tienes que coger sin mirar el mapa. Entras en la cafetería de siempre y ya sabes qué vas a pedir. Caminas hasta la universidad sin pensar en el camino y empiezas a tener tus sitios favoritos para estudiar, pasear o quedar con amigos.
Sin darte cuenta, Gante deja de ser la ciudad donde estás de Erasmus y pasa a ser la ciudad donde haces tu vida.
Al principio quería aprovechar cada minuto para viajar. Pensaba constantemente en el próximo destino, en el siguiente fin de semana o en la ciudad que tocaba visitar.
Pero al final entendí que algunos de los mejores momentos no habían sido en ningún viaje.
Habían sido aquí.
Una tarde cualquiera junto al canal. Una cena improvisada porque alguien dijo: «¿hacemos pasta?». La vuelta a casa después de clase hablando de cualquier cosa. Un paseo sin rumbo porque hacía buen tiempo y no apetecía quedarse en la residencia.
Son momentos tan normales que, mientras los vives, no piensas que algún día los vas a echar de menos.
Hasta que llega la última semana.
Entonces empiezas a mirar la ciudad de otra manera. Sabes que probablemente es la última vez que pasas por esa calle camino a clase. El último café en tu sitio favorito. El último paseo por los canales. La última vez que ves las bicicletas llenando las calles o que cruzas un puente sin pensar que, dentro de unos días, ya no será parte de tu rutina.
Y es raro. Porque Gante sigue exactamente igual. La que está cambiando eres tú.
También empiezas a fijarte en cosas que antes pasaban desapercibidas. La plaza por la que cruzabas todos los días, la panadería donde comprabas algo antes de clase o ese banco junto al canal donde te sentabas cuando necesitabas desconectar. De repente, todo tiene un valor distinto porque sabes que estás viviendo esas escenas por última vez.
La ciudad continuará llena de estudiantes que acaban de llegar, de bicicletas cruzando los puentes y de personas que empiezan su propio Erasmus sin imaginar todo lo que les espera.
Mientras tanto, tú haces la maleta intentando meter dentro algo que no cabe.
Porque los recuerdos no ocupan espacio, pero pesan mucho.
Me llevo amistades que nunca habría imaginado, lugares que ahora tienen un significado especial y una versión de mí que llegó aquí con muchos miedos y se va siendo bastante diferente.
Siempre dicen que el Erasmus cambia a las personas. Creo que es verdad. Pero también cambia la forma en la que miramos los lugares.
Gante empezó siendo un punto en el mapa. Después fue la ciudad donde estudiaba. Más tarde se convirtió en mi rutina. Y ahora es uno de esos lugares a los que sé que siempre querré volver.
No porque sea perfecto, sino porque durante unos meses fue mi hogar.
Y con este post también termina esta etapa. Gracias por acompañarme durante esta aventura en Flandes. Ojalá estas experiencias os hayan servido para descubrir un rincón de Bélgica o, quién sabe, para animaros a vivir vuestro propio Erasmus.
Gracias por leerme.
Elena