Estos días está haciendo un tiempazo en Bruselas. De esos días que parecen mentira en Bélgica y que te obligan a aprovechar cada rayo de sol. Así que, con algunos amigos, decidimos hacer un plan que llevaba tiempo pendiente en mi lista: ir a pasar el día a Ostende.
Y sinceramente… me lo pasé genial.
Rumbo a la costa belga
Cogí un tren desde Bruselas hacia Ostende, aunque llegar ya fue toda una aventura. Por la mañana me llegó una notificación de la app SNCB alertando de que muchísima gente iba a ir a la costa. Mis amigos cogieron el tren a las 9:30 de la mañana y me explicaron que no pudieron ni sentarse de lo lleno que estaba. Por suerte, hay muchos trenes constantemente que se dirigen a Ostende, así que cuando yo cojí el tren a las 12 pude ir sentada. Fue gracioso ver como todos estabamos dirigiendonos a la playa para disfrutar del calor y el buen tiempo: gente con sombrillas, pelotas, bañadores…
Entre retrasos, gente por todas partes e imprevistos, tardamos casi dos horas en llegar, así que mientras aproveché para estudiar en el tren. Pero al salir de la estación de Ostende, supe que había valido la pena.
Nada más bajar, entré a un súper a comprarme un sándwich y fui caminando hasta la playa, donde me encontré con mis amigos que habían llegado mucho antes, sobre las 11 de la mañana.
El agua más fría de mi vida
Dejé las cosas y obviamente fui directa al agua. Y madre mía… estaba congelada. Tanto, que al principio sentía literalmente los pies helados. Pero después de mentalizarme un poco, conseguí meterme entera y, aunque parecía imposible al principio y una tortura, acabó siendo hasta relajante.
El agua no era cristalina ni mucho menos. Más bien oscura y movida, muy típica del mar del norte. Pero aun así, había algo muy especial en estar allí, sintiendo que el verano ya empieza a acercarse de verdad.
Un día entero de playa, sol y amigos
Pasamos horas haciendo absolutamente lo que uno espera hacer en un día perfecto de playa: jugar con la pelota dentro y fuera del agua, echar un vóley improvisado, charlar, escuchar música, tomar el sol y simplemente disfrutar del ambiente.
Con el calor que hacía, también fuimos varias veces a comprar bebidas frías y helados.
Y eso sí… prácticamente todos acabamos quemados por el sol. Muy pocos habíamos llevado crema solar, porque sinceramente, nadie espera encontrarse 26 grados y un solazo así en Bruselas. Error de principiantes.
La playa de Ostende me sorprendió muchísimo
No tenía prácticamente expectativas sobre Ostende, pero me sorprendió para bien.
Antes de llegar a la playa pasamos por el paseo marítimo, lleno de puestos de comida, pescaderías y comida típica. Había muchísima gente comprando y probando cosas. La verdad, olía interesante… y visualmente algunas cosas no me daban demasiada confianza.
Algo que me llamó muchísimo la atención fueron los edificios: casas y bloques altísimos justo detrás de la playa. Un contraste al que no estoy nada acostumbrada y crea un paisaje bastante distinto al de las playas mediterráneas.
La playa, además, es enorme. Incluso cuando empezó a llenarse muchísimo, seguía habiendo espacio para todo el mundo y era fácil encontrar tu sitio sin sentirte encima de los demás. También había bares directamente en la arena y duchas para quitarte la sal y la arena después de bañarte, algo que siempre se agradece. Y otro astecto positivo es que la arena estaba muy limpia: no encontrabas plasticos ni colillas, algo que fué de agradecer.
Una playa llenísima… pero solo unas horas
Cuando mis amigos llegaron por la mañana, la playa estaba prácticamente vacía. Pero sobre las 2 de la tarde aquello se llenó completamente.
Y la verdad, me hizo confirmar lo que ya he mencionado otras veces por aqui: la gente en Bélgica lo tiene clarísimo. En cuanto sale el sol y suben un poco las temperaturas, todos saben perfectamente dónde ir.
Hasta las 8 o 9 de la noche seguía habiendo muchísima gente disfrutando del ambiente. Algunos amigos incluso decidieron quedarse hasta el atardecer para aprovechar un poco más esa sensación de verano que ya empieza a aparecer y que, sinceramente, me está encantando vivir aquí.
Medusas, cero viento y un final perfecto
Vimos algunas medusas en el agua, aunque parecían inofensivas porque nadie pareció tener problemas con ellas.
Y algo que me sorprendió muchísimo: no hacía viento. Siempre había escuchado que Ostende era súper ventosa, así que me esperaba pasar el día despeinada y muriéndome de frío al salir del agua. Pero para nada. El mar estaba bastante tranquilo durante casi todo el día. Solo al acercarse la noche empezaron a aparecer más olas, y eso hizo que volver al agua fuese todavía más divertido.
Terminando el día como se debe
Sobre las 8 decidimos ir a un McDonald’s a comprar la cena antes de volver. Después cogimos nuestras cosas y fuimos corriendo al tren para regresar a Bruselas, ducharnos, arreglarnos un poco y salir de fiesta.
Fue uno de esos días improvisados que terminan siendo de los mejores.
Mucho sol, playa, amigos, risas, cansancio, arena por todas partes y esa sensación de “ojalá repetir pronto”.
¡Nos leemos pronto!
Emma
Soy Emma Febrer Pedraza, tengo 22 años y soy de Menorca. Durante los próximos meses voy a ser corresponsal de Naturaleza y Ciclismo en Flandes. Actualmente estoy en tercero del Grado de Turismo en la Universidad de Girona y este semestre he venido a Bruselas para realizar mi Erasmus en la Haute École Lucia de Brouckère.
Me considero una persona extrovertida y aventurera, con muchas ganas de descubrir nuevos lugares. Siempre me ha gustado moverme al aire libre, practicar deporte y explorar los destinos con calma, prestando atención a la naturaleza, los paisajes y a todo aquello que muchas veces pasa desapercibido cuando se viaja con prisas.
A través de este blog quiero compartir mi experiencia Erasmus, recorrer Flandes y Bruselas, y descubrir rutas, espacios naturales y pequeñas escapadas.
Espero que me acompañéis en estos meses de descubrimientos y nuevas experiencias!




